EL VIAJE CONTINUA. MUERTE Y RESURRECCION DEL BOLIDO.

El pueblo kazajo se ha hecho merecedor de toda mi simpatía. No es que eso valga un duro, pero bueno... Desgraciadamente sienten una profunda pasión por el vodka, lo que tiende a deteriorar considerablemente su calidad como seres humanos (ademas de otorgarles un cierto aspecto de mendrugos...). Pero no debemos generalizar.

Muy generosos, eso sí. En Korday, 200 kilometros antes de Almaty conocí a Samat y Rahmat. Rahmat ocupaba la habitacion del hotel en el que me hospedaba. Afortunadamente la encargada, una canija gruñona con muy mala leche, arrastró al pobre Rahmat de las orejas hasta depositarle en la puerta del hotel. Mi sucio aspecto y mi mala cara llamaron su atencion. Samat me invito a una cerveza. Despues a otra. Y luego a otras cinco. Y a cenar. Empanadillas. Desde el primer momento me hizo saber que yo no pagaría un duro. Tras explicarles el problema con mi visado kazajo (caduca en dos dias y me quedan cerca de 1500 kilometros), Rahmat, miembro del ejercito y borracho como un cernicalo, me da su telefono para que le llame en caso de tener algun problema con la policia. En aquel momento, cocido yo tambien como otro cernicalo, me parecio la mejor de las ideas. Al dia siguiente, como suele suceder, la mejor de las ideas se habia convertido en la mayor de las gilipolleces. Abrazos. "Llámame si vienes a España". Cuando ya no puedo ni hablar me regala otras tres cervezas "para ver la tele".

La mañana siguiente, además de una merecida resaca, me trajo una situacion similar. Al parar en una gasolinera (en la que observe por primera vez que la marihuana crece a sus anchas en Kazajistan) un tipo se acercó a mi. Me estrechó la mano y no me la soltaba. Temiéndome un nuevo problema, el individuo en cuestion me arrastro hasta el interior de la tienda. A pesar de reiterar que no queria nada, el tipo me compró tres botes de Nestea, algo parecido a un salchichon, tres chocolatinas, un paquete de tabaco y una bolsa llena de cruasanes. Tras pagar me pone el cambio en la mano y sale a toda pastilla. Me como del tirón cuatro cruasanes, una chocolatina y dos botesd e Nestea, pues no hay forma de hacerlo caber en la moto.

La salida de Almaty, tras casi cuatro dias de espera, no resulta del todo facil. Retomar el viaje tras varios días rascándome la barriga me sienta como una patada en la espinilla. Es una ciudad caotica y sus habitantes son especialmente poco habiles a la hora de dar indicaciones. El camino hacia Usharal, a 600 kilometros, transcurre sin incidencias. La carretera es buena y el paisaje anodino. Paso mas de 10 horas sobre la moto y encima tengo los huevos de saltarme el pueblo, al que se accede por una pequeña desviacion. 30 kilometros mas de ida y otros 30 de vuelta. Me propino una merecida colleja. Ceno sopa y duermo como un animalillo salvaje.

Al dia siguiente me espera Semey, último pueblo antes de la frontera con Rusia. Mi animo es inmejorable, pero mis cachetes y mi espalda suplican clemencia. Poniendo cara de bestia, continuo. La carretera empeora considerablemente. Parece un campo minado en el que hubieran estallado todas las minas. Agujeros, agujeros y mas agujeros. Con un par, me los como casi todos. Cada 2 kilometros hay señales que indican "baches durante los proximos 10 kilometros". No lo disfruto. Nada.
Pocos kilómetros antes de Semey, tras haber recuperado el perfil de la carretera una cierta horizontalidad, mi entusiasmo me dirige a toda pastilla hacia la meta del día. En estas circunstancias, sin aviso previo, la el asfalto se retuerce, gira sobre sí mismo y opta por formar una pequeña cordillera en la que no se me ocurre nada mejor que hace que subirme. Buena jugada. Apretando el manillar, los dientes y el culo, atravieso 20 metros de infierno a 80 kilómetros por hora. San Cristóbal, siempre pendiente, y las plegarias de mi abuela (quien parece estar en conexión directa con El Altísimo) me vuelven a salvar el pescuezo. Haciendo pucheros paro la moto al lado de la carretera. Tembloroso, me siento en el suelo saco mi botella de fanta. Como cuando era pequeño, la fanta de naranja sigue siendo el mejor remedio para los sustos y los disgustos.


La llegada a Semey transcurre sin pena ni gloria. Tengo entendido que hace años los niveles de radiactividad en esta zona estaban bastante pasaditos. Pero todo el mundo tiene dos ojos, dos orejas y un numero más o menos normal de miembros. En el hotel me invitan a meter la moto en el cochambroso salon principal. Tres personas me tienen que ayudar a subir el bólido a traves de dos largos tramos de escaleras. Vuelvo a cenar sopa. Pero lo que yo quiero es un plato de callos...

Al dia siguiente me espera la frontera. Ese mismo dia caduca la carta verde. Al salir de Semey, por primera vez en micho tiempo, hago caso de mi intuicion. Es posible que no haya gasolineras hasta la frontera y quedan 200 kilometros. Retrocedo 10 kilometros hasta que encuentro una gasolinera y lleno el deposito alternativo. Gran acierto.

En la frontera espero un par de horas mientras observo cantidades industriales de marihuana creciendo libre y salvaje. Grandes y pegajosos cogollos. Y huele que alimenta...

No me piden la carta verde. Pero me piden 300 rublos y no tengo ni uno. No aceptan dolares ni dinero kazajo. Me quedo 20 minutos frente al policía mirándole con cara de desconsuelo. Me ignora. Finalmente salgo a buscarme la vida. Fuera del despacho me encuentro con un descomunal culturista con el que hice buenas migas durante las horas de espera ante la barrera. Me regala los 300 rublos de inmediato. Pero no lloro ni nada. Vuelve a ponerse de manifiesto el hecho de que, al final, siempre sale todo bien.


En Rusia las carreteras no tienen nada que envidiar a las nuestras. El trayecto se hace de alguna forma anodino, pues la costumbre me hace echar de menos los socabones, los baches y las pequeñas cordilleras de asfalto.


Barnaul es la meta del día. Todo va viento en popa. A ambos lados del asfalto la maruja no deja de sonreirme.


Mi capacidad de despiste y desorganización ha quedado mucho más que patente a lo largo de la odisea. Pero lo mejor estaba por llegar. En estas circunstancias, estaba seguro de tener aceite más que suficiente. Sin embargo, la bolsita en la que llevaba el bañador que nunca me pondría tapaba el piloto del aceite. Cuando circulando a 80 kilómetros por hora la rueda de atrás se quedó atascada, derrapé como un genuino macarrilla levantino y el bólido se negó a continuar el camino. Evidentemente, no llevaba aceite. El bólido había gripado. El pequeño y negro corazón del bólido se había parado.


Renqueando, gruñendo y con el bólido a cuestas logré alcanzar el siguiente pueblo, situado a apenas un kilómetro de distancia. Nunca averigüé su nombre. Ni me importó. Con más pesimismo que otra cosa, logré encontrar un mecánico. Tras varios minutos de conversación incoherente (yo no hablo ruso y ellos ni una palabra de inglés), logré hacerme entender.



En un alarde de previsión, mi querido mecánico me advirtió antes de la salida de la posibilidad de padecer semejante calamidad. Por eso llevaba un juego de segmentos de repuesto. Tras un par de horas de cirugía a corazón abierto, el mecánico y sus 12 amigos (intrigados por el extraño bólido y mi sucio aspecto) fueron capaces de hacer que su corazón volviese a latir. Al fin y al cabo, el bólido es un ser cruel y malvado, y la mala hierba nunca muere...


Una vez estuvimos todos contentos, planteé la posibilidad de plantar ahí mismo la tienda de camapaña. Su respuesta fue una negativa rotunda. Me quedaría a dormir en casa de uno de aquellos individuos y eso estaba fuera de toda discusión. Quién era yo para decir que no... La noche nos trajo dos botellas de vodka, otras tantas de cerveza y patatas hervidas. En su papel de buen anfitrión, salió de casa con una hazada y regresó a los 5 minutos para hacerme entrega de un precioso ramo de marihuana.



Mi sucio aspecto y sus ganas de agasajarme acabaron conmigo y con tres tipos más en la sauna de mi casero. En Rusia, parte del baño tradicional consiste en azotarse con un matojo de hojas secas que previamente se han metido en agua muy, muy, muy caliente. Y así es como acabé desnudo, tumbado sobre una mesa de madera, mientras mi casero me azotaba con saña. Cosas de hombres...

Dos horas después nos encontrábamos en plena calle dando cuenta de otras tantas botellas de vodka. Cuando recuperé la conciencia me encontraba en el asiento de atrás de un coche y mi casero trataba de despertarme para que le ayudase a arrastrar a otro individuo (en peor estado que yo) hasta la puerta de su casa. Haciendo un sobrehumano esfuerzo lo depositamos en los peldaños de la escalera, donde instantes después lo recogió su hermano.

Tras seis horas de mal sueño me despertó un insoportable dolor de cabeza. Medio kilo de raviolis con mahonesa y a por más. Abrazos y agradecimientos a todos. En un penoso estado, el bólido y yo retomamos nuestro camino. Tres horas de asfalto fueron mucho más que suficiente. El único hotel que logré encontrar, en una ciudad cuyo nombre nunca aprendí a pronunciar, albergaba un banquete de boda. Música a toda pastilla y rusos ciegos como morlacos hicieron de mi noche un infierno hasta las 2 de la mañana.

Mongolia estaba cerca. Por la mañana, el desayuno de los campeones: gachas. Y otra vez, a por más...

10 comentarios:

Daniel dijo...

Qué le pasó al bólido? Que nos tienes en ascuas!!!

Mucho ánimo, campeón!!!

Paquito dijo...

¡Enhorabuena! La historia parece ir mejorando poco a poco :-)

Disfruta (en la medida de lo que puedas) de tu viaje: ya va quedando poco :-))))

Un saludo y suerte,

Paquito.
Paquito's World

diego dijo...

no nos tengas en ascuas. escribe mas. envidia sana. traete unos cogollos....de kazajistan. ¿son para ensalada como los de tudela? marca iceberg o OBC.

Pablo dijo...

Ánimo, fiera.

Tus crónicas seguro que son más divertidas que la propia realidad, pero dan significado a las penas.

Un saludo!

Juan Antonio dijo...

"LA AVENTURA MEJOR CONTADA DE LA HISTORIA"

clara dijo...

Tengo que reconocerlo. Tienes toda mi admiración. Nunca creí que pudieses llegar tan lejos.

Parece ser que tu periodo maniaco se mantiene en el tiempo. Me alegra que tengas pequeñas fluctuaciones de animo ( lloros incluidos). Empezaba a pensar que eras de otro planeta!!!!

Continua así...( y si puede ser incluso mejor...)

jajaja. San Jerónimo parece que te está ayudando!!!!

lorenajs dijo...

vaya!! sigues? antes leí que ya habías llegado...

Pues nada chikillo!!!

Mucho ánimo! que ya no te queda ná!!!

baci

Francisco dijo...

¡¡Animo que´lo tienes hecho!!

te estás creando un club de fans en nuestra oficina...cuando vuelvas tienes ganadas (y pagadas) las cervezas que quieras.

contacto dijo...

Es genial tio, que gracioso, esta cronica a mi entender es la mejor de todas. Además con fotos, que aunque solo sean dos dan forma a nuestra imaginación de las cosas que nos cuentas. Y además hacen que el post sea más ligero.
Me alegro que a pesar de / gracias a todas tus aventuras sigas avanzando en tu viaje, es toda una aventura!

Un abrazo!

Fernando Díaz dijo...

Eres muy bueno como narrador. Ya queda poco.
Un abrazo desde Madrid y fúmate algo de la maría a nuestra salud.